El debate sobre cómo enfrentar al crimen organizado en América del Norte dio un giro explosivo la última semana. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, aseguró que su administración podría iniciar operaciones en tierra para atacar a los cárteles de la droga en México, tras ampliar acciones militares marítimas contra el narcotráfico en el Caribe y el Pacífico. Según sus declaraciones en medios estadounidenses, los grupos criminales tendrían un control tan profundo que justificarían una respuesta más agresiva por parte de Washington.
Trump ha enmarcado esta postura dentro de su estrategia de “guerra contra la droga”, argumentando que las organizaciones criminales son responsables de una enorme cantidad de muertes —décadas de consumo de fentanilo y otras drogas— en territorio estadounidense, lo que, a su juicio, demanda acciones más decididas. En su mensaje, sin embargo, no ha detallado qué mecanismos legales, operativos o territoriales implicaría una incursión de fuerzas armadas estadounidenses en suelo mexicano.
Respuesta del gobierno de México: soberanía y coordinación
Ante estas amenazas, la presidenta Claudia Sheinbaum ha optado por una estrategia de respuestas firmes pero diplomáticas. El gobierno mexicano ha rechazado categóricamente cualquier intervención militar o incursión armada en su territorio, enfatizando que la lucha contra el crimen organizado no puede resolverse mediante operaciones de otra nación y que tal intervención sería una violación directa de la soberanía nacional.
En lugar de confrontar con tono bélico, la administración mexicana ha anunciado el fortalecimiento de los canales de comunicación y cooperación con Estados Unidos, instruyendo al secretario de Relaciones Exteriores, Juan Ramón de la Fuente, a entablar conversaciones con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, y, si fuese necesario, con el propio Trump para aclarar malentendidos y profundizar la coordinación en materia de seguridad sin ceder soberanía ni permitir intervención externa.
El gobierno también ha destacado los resultados concretos de la cooperación bilateral: detenciones, decomisos, destrucción de laboratorios clandestinos, vigilia marítima compartida y extradiciones de capos de alto perfil, como evidencia de que México puede, dentro de su marco jurídico, contribuir de manera efectiva al combate al narcotráfico sin renunciar a sus instituciones ni a su territorio.
¿Qué puede pasar ahora?
Aunque la retórica de Trump ha encendido alarmas —y ha sido interpretada por algunos analistas como un intento de presión política y negociadora en la agenda bilateral—, una intervención militar estadounidense en México es altamente improbable en el corto plazo. Existen barreras legales, diplomáticas y estratégicas que dificultan tal opción, incluyendo la necesidad de autorización del Congreso estadounidense para acciones militares en el extranjero, la vigencia de acuerdos de cooperación como la Iniciativa Mérida y el hecho de que México es un aliado estratégico económico y de seguridad para Washington.
El gobierno mexicano, por su parte, parece decidido a no ceder ante ultimátums ni retórica escalatoria, apostando por un equilibrio entre defensa de soberanía, cooperación eficiente y canales abiertos de diálogo. El riesgo para ambos países es que esta coyuntura se traduzca en un desgaste prolongado si no hay claridad sobre objetivos compartidos, métodos de trabajo conjunto y respeto mutuo de competencias. La relación bilateral, históricamente compleja, enfrenta ahora un nuevo reto: manejar no solo el flujo de personas y bienes, sino también diferencias estratégicas en materia de seguridad que ya no pueden ignorarse.
