• Mié. Abr 15th, 2026

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¿Reelección o error estratégico? Laura Haro y la sombra de Alito Moreno en el PRI

La presidenta estatal del PRI en Jalisco, Laura Haro Ramírez, ha solicitado licencia a su cargo para competir por un nuevo periodo al frente del partido, buscando reelegirse como dirigente para el periodo 2026-2030. Aunque la decisión se presenta oficialmente como un acto de compromiso con la militancia, su temporada interna abre un foco de críticas: ¿está Haro dilapidando el poco capital político que le queda al PRI en la entidad?

En febrero de 2026, Haro —diputada federal, abogada y primera mujer en encabezar el Comité Directivo Estatal priista— anunció su separación temporal con el objetivo de recorrer el estado y recabar apoyos dentro de la militancia. Acompañada del secretario general estatal, Aurelio Fonseca, optó por separarse anticipadamente del liderazgo pese a que los estatutos no lo exigen hasta el último día previo al registro, argumentando criterios de “equidad y transparencia”.

Sin embargo, este gesto no ha evitado la percepción de que Haro repite un patrón que muchos ya vienen señalando a nivel nacional: la estrecha alineación con las prácticas políticas de Alejandro “Alito” Moreno, presidente nacional del PRI, cuyo estilo de liderazgo —marcado por la permanencia prolongada en el cargo y la modificación estatutaria para garantizar su reelección— ha generado divisiones internas, desgaste institucional y ha sido señalado como uno de los factores del declive territorial y electoral del partido.

El legado de Alito Moreno al frente del PRI nacional es, para críticos y analistas del propio partido, uno de los factores más visibles de la caída del otrora partido hegemónico en México. Cuando Moreno asumió la dirigencia en 2019, el PRI aún gobernaba alrededor de 12 entidades federativas y mantenía una presencia significativa en el mapa político local.

Durante el periodo siguiente, el partido experimentó una sangría de gobiernos estatales:

  • En las elecciones de 2021, el PRI perdió al menos ocho gubernaturas (entre ellas, Campeche, Sinaloa, Sonora, Zacatecas, Guerrero y Tlaxcala).
  • Para 2023, la cifra de estados con gobiernos priistas se redujo todavía más, quedando apenas con dos gubernaturas —Coahuila y Durango— tras elecciones en las que incluso perdió el emblemático Estado de México.

Incluso medios de análisis político señalan que esas pérdidas se dieron mientras Morena consolidaba su dominio en casi todo el país, abarcando gobiernos estatales, cámaras legislativas y la presidencia de la república, desplazando prácticamente al PRI del centro del poder político nacional.

En este contexto, la estrategia de Alito para modificar estatutos y garantizar su reelección prolongada ha sido percibida por críticos internos como una forma de perpetuarse al frente del partido en lugar de democratizar su vida interna, lo cual ha fracturado la confianza de sectores de la militancia y de ciudadanía ajena al PRI.

¿Una reelección con efectos contraproducentes?

Para Haro, aspirar a otro periodo como dirigente estatal en 2026 podría representar una apuesta riesgosa, dado que el PRI en Jalisco encara retos similares a los del PRI nacional: una base militante reducida, números electorales deprimidos y menor presencia territorial frente a partidos como Movimiento Ciudadano y Morena.

Aunque la dirigente insiste en que su separación temporal del cargo se debe a la búsqueda de legitimidad del proceso interno, el riesgo político es evidente: en lugar de consolidar al PRI, su estrategia podría reforzar la percepción de que los liderazgos priistas siguen reproduciendo las mismas prácticas que muchos consideran responsables del drenaje de poder de la organización. En un momento en que el electorado demanda renovación, transparencia y resultados, el enfoque de reelección puede interpretarse como un error táctico que diluye aún más el capital político residual del partido.


La reelección de Laura Haro podría consolidarse como un movimiento introspectivo dentro del PRI, pero bajo la sombra del cuestionado legado de Alito Moreno. La pregunta para la militancia y el electorado es si este modelo de liderazgo puede detener el declive institucional del PRI o si —por el contrario— lo excluye cada vez más del centro de la escena pública.

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